Combatir la pobreza parece una batalla perdida para la Argentina. Con crecimiento y sin crecimiento, millones de personas vivieron y viven sin los ingresos necesarios para cubrir sus necesidades básicas. Aun en los mejores años de las últimas tres décadas, la pobreza estuvo presente opacando el bienestar y mostrando que se necesita mucho más para comenzar a pensar en un país inclusivo.
Pero si todo esto ya era un gran déficit, la pandemia de la covid-19 terminó por profundizarlo a niveles que solo se pueden comparar con el año 2002, el peor hasta ahora de nuestra historia.
Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), un 40,9% de la población urbana argentina vivía por debajo de la línea de pobreza al primer semestre del año y 10,5% en la indigencia. Son 18,5 millones de pobres en todos el país y 4,7 millones de indigentes. Peor cuando se miran regiones como Concordia donde la pobreza subió a 52,2% y la indigencia a 12,2% o los partidos del gran Buenos Aires, uno de los más afectados en las primeras fases de la cuarentena, con 47,5% de pobreza y 13,6% de indigencia.
El rol del Estado
¿Qué futuro les espera a los niños de todos esos hogares que no pueden alimentarse con los nutrientes necesarios? Por eso es indiscutible el rol del Estado para asistirlos hoy y mañana, porque la vulnerabilidad no termina en esta etapa de sus vidas. Deja marcas para siempre.
Terminar con la pobreza es un camino largo, y con las consecuencias que deja en la población mucho más.
La pobreza no afecta solo a los desempleados, sino también a los ocupados y a los empleadores. Se estima que el 25% de los ocupados son pobres (tomando en cuenta su nivel de ingresos) y el 12% de los empleadores. Esto refleja la precariedad del mercado laboral, la marginalidad en la que trabaja la mitad de la población y las notorias falencias en las políticas económicas y sociales que se aplicaron en la Argentina en 40 años.
La clave
¿Se puede cambiar esta realidad? Sí, pero aún no comenzamos el camino.
Combatir la pobreza requiere lograr en el tiempo que la Argentina deje de ser el país de la especulación, del descontrol, de la corrupción, de la división, y comience a ser el país de la construcción, la inversión y la producción, porque sólo de esa forma se puede crear empleo de calidad, aumentar los ingresos del hogar y construir una economía de bienestar.